miércoles, 21 de mayo de 2014

El samurai que reencarnó en un cangrejo


Es una mañana fría, húmeda y oscura la que cruzamos con Santi 13.7 mientras lo acompaño al subte que lo llevará al colegio. En el camino, me comenta que pronto tendrán evaluación de Ciencias Naturales y me pide que le explique un poco el concepto de selección artificial.

Como un gato que hubiera estado esperando agazapado el momento justo, con esa especie de alegría -¡por fin!- que sigue a todo aquello que encuentra la oportunidad indicada para transmitirse, en mi mente salta, instantáneo, el recuerdo que se conserva más vívido entre todo el acervo acumulado en los últimos 30 años; aquel que se refiere a la leyenda japonesa de los guerreros Heike y de los cangrejos que hoy llevan su nombre, ese recuerdo que adquirí a una edad impresionable y no muy lejana de la de mi hijo hoy, grabado a fuego mientras miraba en la TV una serie extraña y extrañamente maravillosa conducida por alguien llamado Carl Sagan.

El crustáceo en cuestión, conocido como cangrejo samurai, Heikegani o Heike, exhibe en su caparazón unas molduras que se asemejan mucho a los rasgos estilizados de un samurai enfurecido. ¿Cómo es posible, se preguntaba Sagan, que ese rostro tan reconocible hubiera llegado allí por sí mismo, sin intervención humana? Como respuesta, él apuntaba en efecto a la intervención humana, pero indirecta. La hipótesis es que los pescadores japoneses de hace unos siglos creían reconocer en estos animales al espíritu de los ancestrales guerreros Heike, y por lo tanto devolvían al mar los ejemplares que capturaban en lugar de consumirlos como al resto. El trabajo a partir de ese punto quedaba a cargo de las fuerzas naturales de la herencia, pero sólo tras esa preselección no premeditada.

Aunque personalmente la encuentre encantadora, me consta que esta explicación sobre la supervivencia del cangrejo Heike es, por supuesto, muy discutible y discutida. Pero no es el punto. Sea o no factual el mecanismo descrito, se trate o no de un caso más de simple pareidolia, la leyenda del cangrejo y su influencia en las actividades humanas posteriores sigue siendo una ilustración poderosa del principio de selección artificial, y del refinamiento que encara la naturaleza por sí sola cuando cuenta con tiempo para trabajar a sus anchas. Si los resultados de este trabajo nos parecen tantas veces inexplicables, hay que considerar que nuestra capacidad de aprehender las escalas de tiempo apenas abarcan unos cientos de años, y que pescar el sentido de una acción que se extiende por milenios nos resulta tan difícil como captar una melodía en un disco reproducido a revoluciones ínfimas.

Sagan también usaba imágenes musicales para describir el universo y sus elegantes mecanismos. El capítulo de Cosmos en que aparece la historia del cangrejo Heike, Una voz en la fuga cósmica (One Voice in the Cosmic Fugue, 1980) era pródigo en imágenes memorables. Ahí aparecen también el calendario universal, las especulaciones sobre las íncreíbles criaturas que podrían habitar Venus -desgraciadamente, esto era antes de que se descubriera que la atmósfera de Venus es bastante inhóspita, nubes de ácido sulfúrico incluidas- y la extraordinaria, para ese entonces, animación computada sobre la posible evolución de las formas de vida terrestres.

No quiero extenderme en elegías sobre Cosmos o Sagan porque ya he hecho demasiadas como para sentirme cómodo, y la red rebosa de ellas; baste decir que con cada revisión de la serie a lo largo del tiempo he apreciado cada vez más no sólo el contenido, sino la forma en que éste era transmitido, en línea con mi creciente comprensión a lo largo de los años de la absoluta importancia que tienen las formas y los medios, que superan en longevidad e influencia a la mayoría de los fines.

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La legión de admiradores que cosechó Sagan en todo el mundo, unidos a través de las distintas culturas por una experiencia común que se suele describir en términos relacionados con la inspiración, el despertar y hasta el cambio de vida, es testimonio vivo tanto de la naturaleza esencial de esta capacidad comunicativa, como de la acritud comparable de los métodos "didácticos" unidireccionales (tema insoslayable pero aparte es el del éxito que demostró ser el formato televisivo para la divulgación de las ciencias en la era pre-cable, que apenas más tarde continuarían acá programas como La Aventura del Hombre y un poco después El Mono que Piensa -- y ya que estamos, ¿alguien se acuerda de la promesa de aquella época, Roberto Cenderelli?).

Y hay un lindo e inesperado broche final para esta anécdota. Santi 13.7 quedó satisfecho con mi explicación y con el ejemplo, pero me tenía reservada una sorpresa. Cuando nos volvimos a ver en casa al final del día, me dijo entusiasmado, con la cara iluminada:

-¿Sabés de qué nos habló la profe? Del cangrejo Heike.


miércoles, 7 de mayo de 2014

¿Sueñan los androides con...Selfies?




Mi murciélago muerto del post anterior le recordó al amigo MAD el final de Blade Runner (1982).

Por pura casualidad, hoy me encuentro con esta serie de selfies capturadas por la actriz Sean Young mientras se estaba rodando la película. Las fotos la muestran muy divertida posando junto a algunos compañeros del elenco y el staff (aunque sólo puedo reconocer a Rutger Hauer y a un sorprendido/aterrado Harrison Ford).

En otras fotos aparece caracterizada como su personaje, la enigmática Rachel.





Para tomar estas instantáneas Young usó una cámara Polaroid, ese aparatejo maravilloso que en ese entonces no habrá representado la innovación que hoy encarna, digamos, Google Glass, pero casi. Salvo la low-res entrañable y un leve efecto difuminado de película setento-ochentosa, las fotos parecen haber sido sacadas ayer; testamento tal vez de la calidad de la máquina.


Más de 30 años más tarde, con todo el alboroto que arma todo el mundo con las selfies, me imagino a una Sean Young madura, donde sea que esté hoy, exhalando un suspiro, meneando la cabeza y diciendo "bah!".

El juego completo de 20 fotos puede verse en el sitio Retronaut.com, que es casi casi tan maravilloso como una Polaroid en los ochenta.


Via | Retronaut


lunes, 5 de mayo de 2014

Murciélago en la ventana


Lo descubrimos temprano, al despuntar el día. Yacía sobre el compresor exterior del aire acondicionado.

Ya habíamos tenido ocasión de ver alguno buscando refugio en el lavadero, sobre todo en medio de esos temporales que últimamente parecen tan frecuentes en la ciudad. Esta vez no habíamos tenido viento o lluvias fuertes, pero ahí estaba. Acá arriba. Inmóvil.

Por la cola, podría ser un Taradira brasiliensis. Son chiquitos, así que tal vez no fuera una cría. Dicen que viven hasta 15 años. Me llamó la atención el pelo, en aparencia suave, apretado y corto; pardo, pero con un hermoso tono rojizo gentileza del sol de la mañana.

Pero sobre todo me llamó la atención la pose contemplativa. Como si hubiera parado un momento para descansar, con la cabeza entre los antebrazos, para una breve siesta antes de continuar volando y comiendo bichitos. Pero estaba muerto.